sábado, diciembre 6

del por qué

Yo ya tuve blogs. No sólo eso: tuve y tengo blogs, flogs, spaces, recientemente facebook y prácticamente todo medio cibernético pop dónde la gente se muestra y se inventa, canaliza sus pulsiones egoeróticas y lanza sus -más o menos conscientes- pretensiones de reconocimiento y admiración. Punto.

No voy a intentar salvaguardar mi propia experiencia de todas aquéllas, mucho menos justificar de alguna manera que aparente ser profunda lo que escribo, el hecho de que lo escriba y mi clara pretensión de que alguien, azarosamente o no, lea lo que escribo. Simplemente voy a escribir. Incluso, como Pablo Pérez cuando escribió su diario y su año sin amor, voy a obligarme a escribir. Voy a esforzarme por sentarme la mayoría de los días un rato frente a la pantalla y escribir.


Todavía no voy a contar de la existencia de esto. Pero no quiero demorarme mucho. Si algo he descubierto en este último tiempo, son principalmente dos cosas:

- siempre escribo mejor cuando me dirijo a alguien en particular. El formato carta o e-mail suscita lo mejor de mí. Todo lo que reivindico de mi literatura está en mis "Elementos Enviados" -y ahora que recuerdo, también algunas cosas en la notebook del año 1992 con Windows 3.1 y Write en vez de Word que me regaló papá, pero eso es otro tema-.

- mis ideas -o como sea que se llame lo que me cruza por la cabeza- son siempre más lúcidas cuando surgen por reacción. Obviamente, esto no es lo ideal y no aspiro a permanecer así por el resto de mis días. Pero debo reconocerlo. Lo mejor de San Agustín fue siempre una respuesta a alguien. Una lucha con alguien. Creo que esto puede decirse también de Nietzsche. Ni hablar de Leonor Silvestri. Y como no quiero ser absolutista, me abstengo de decirlo de la filosofía en general. Sea como fuere, yo soy así.


Por esto dejo el formato archivo Word con contraseña secreta y me embarco otra vez en esto. En realidad, me embarco por primera vez ya que ahora voy a explotar la característica de cosa pública que tienen estos sitios comentando de su existencia a todo el mundo -cosa que antes no hice, al menos no lo suficiente-. En esencia -con toda la repugnancia que dicha palabra me provoca-, todos los que jugamos este juego tenemos alma de flogger del Abasto: queremos mostrarnos todo y que nos digan que somos lindos.

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