viernes, octubre 23

erizo

soy un erizo más
que cuando me acerco,
te pincho
pero cuando me alejo,
te necesito.

martes, octubre 20

ontonomía

dos éxtasis:
el pre-linguístico desear animalezco
metáfora de la irrigación sanguínea
el post-lingüístico intuir una verdad
metáfora de lo místico

un solo descubrimiento:
se es dos
o nada.

martes, julio 7

ni hilismo

Descreo del amor. No puedo volver a hablar su discurso. No quiero. El amor, a mí, me destrozó -como a todos-. Yo quise aprender y adopté esta postura: espectar. Puedo ver el discurso amoroso en otras voces; lo advierto, lo clasifico, finalmente me burlo. Pero no tiene cabida en lo que yo digo. Sin embargo, quiero lazos más intensos. Quiero construir con alguien o alguienes, por qué no, un imaginario simbólico que me exceda, al que no pueda acercarme en mi individualidad, al que el sentido se lo otorgue el sostenimiento colectivo, su carácter compartido. En definitiva, quizás, lo que extraño es aquello que formaba con mi grupo de amigos: una función clara en un lugar, un pasado en común, una comunidad.

SUFRIMIENTO. ¿Por qué sufro? ¿qué cosas sufro? No sé si sufro, la verdad es que soy bastante moderado. Hace poco sufrí por la humanidad, en uno de mis últimos gestos propiamente humanos: mamá me contaba las mierdas de mi tío, muestras pornográficas de la legalidad intrínseca a este sistema en particular; al hombre, quizás, en general: lo único que importa es poseer. Voluntad de acumulación. Ese día lloré, sentí que todo eso me avasallaba. A su vez me pregunté en qué medida soy diferente y por qué no, en qué medida puedo ser diferente ("si se puede ser diferente"). Yo creo que conservo algo de pureza pre-capitalista, por más ingenuo que suene. También creo que si hay una razón que justifique ilustrarse -estudiar- es esa: investigar modos de escape a la lógica del dominio. Entender estructuras de funcionamiento para ver de qué modo se puede boicotearlas.

Hoy pensaba -hace más tiempo, en realidad- en mi inevitable -a pesar de todo lo que vine diciendo- nihilismo. Estoy transido por la nada. Se lo relaté a S y a D: el primero lo definió como adolescencia tardía, y se identificó; el segundo, mucho menos sutil, relató su propia neurosis, indiferente a la mía. Mi vida, les dije, es una película de cine independiente yanki: noches de intoxicación extrema, movimiento del cuerpo, contactos efímeros con otros, aturdimiento, adrenalina, fugacidad. La lectura entre líneas: nada. No hay sentido, llenalo con alcohol. No hay sentido, saltá, bailá, gritá. No hays entido, quedate hasta el final de la fiesta, a pesar de que no haya fuertes razones: ¿qué fuertes razones hay para irse?

Que no haya sentido no es esencialmente malo: es lo real. El problema es contactarse tan desnudamente con lo real. Casi que estoy en estado de naturaleza: como todo se funda en la nada, y yo no puedo olvidarlo, aferrarme fuertemente a algo siempre termina resultándome, sino ridículo, insensato. Entonces, distancia: de la política, de la familia, del sexo, del fanatismo, la devoción, en definitiva, de la pasión.

No termino de saber cuál es el verdadero problema porque:

a) si todo se asienta en nada, yo puedo inventar lo que sea -el sentido que sea- y dedicar mi vida a mejorar las herramientas para sostenerlo, sofisticar al máximo el sostén de ese sentido -y el sentido mismo- que sea cual fuere, no podrá ser completamente deslegitimidado porque, insisto, cualquier intento en ese rumbo es otro baño estético de la nada.
Entonces, ¿por qué no hacerlo? ¿por qué preferir transitar la nada desnuda, por qué hacer conciente la nada inconciente constantemente, por qué utilizar ese mecanismo como método de defensa, en definitiva, contra aquellos que están absolutamente convencidos de algo y por ello militan? ¿Qué goce morboso vivencio en desmontar lo construido, por más pésimo que esté, y entregarme a lo real en su propia condición?

b) si decido no aferrarme a algo por su constitución perecedera, entonces tomo eso como valor negativo. Es decir: asumo una dissconformidad con lo real mismo, ya que me paro y digo: "No, ¿para qué esto si esto no puede permanecer, si esto se va a acabar?". Contrafácticamente: si esto no fuera así -efímero-, yo sería de otro modo -comprometido-. Valorar negativamente lo efímero no es otra cosa que ideología burguesa, en definitiva: sólo arriesgarse por lo duradero -material-, sólo luchar por poseer. De hecho, todo lo que critico es esa pretensión, tan común por cierto, de pretender convertir todo lo humano en algo perpetuo: se me ocurre ahora ejemplificar con el amor. Que dure toda la vida, "hasta que la muerte nos separe". La cantidad de artimañanas para sostener eso: el matrimonio, la ley civil. Siempre subyace el mismo principio: poseer. Como sólo pueden poseerse los objetos, convirtamos el amor en uno, sellemosló en un documento, quedémonos tranquilos porque es nuestro. Entonces, algo esencialmente efímero -recordemos que esto es todo en el ámbito de los sentidos- se convierte en un problema por no ser susceptible de posesión. ¿Qué hacemos? Lo materizalizamos, lo hacemos objeto y lo sumamos a nuestro patrimonio.

Pero entonces, si eso es lo que critico, ¿qué me aleja de la entrega a ciertos sentidos que a veces me resultan tentadores? Quizás sea el miedo a olvidarme de su perennidad, de convencerme de su entidad metafísica y con ello, terminar creando artimañas en su defensa -por miedo a su desaparición, su inevitable destino-, lo que sólo engendra neurosis, y a veces, muerte.

jueves, marzo 12

en noviembre tu fuiste mía

Estoy bastante en desacuerdo con escribir mucho sobre sexo, o por lo menos, con que sea el tópico central de un relato con pretenciones de ficción. Obviamente, no es un resguardo moral el que provoca mi rechazo ni tampoco el desinterés: simplemente creo que hay que dejar descansar el tema por un tiempo.

En flagrante contradicción con esto, el martes escribí un cuento con el sexo como tema principal. El cuento, sin embargo, sigue siendo un signo de preguntas y por eso no lo publico. Lo que voy a publicar ahora es una porción de diario íntimo que escribí en Noviembre, que no recordaba y me encontré de casualidad en una PC que no es mía y a la que hacía mucho no accedía.

El texto me resultó ridículo, gracioso y, a pesar de la cercanía temporal, muy lejano a lo que hoy pienso-soy-mepasa. Creo que por esas tres razones es que lo pego a continuación:



"Ayer M me miró y estoy seguro, me deseó. Y ayer también apareció otra vez F. De repente y sin anestesia me propuso encontrarnos en Victoria, cuál tiempos en que nos creíamos enamorados. Todo me hace pensar que estoy en esas etapas de mí en las que no puedo no ser deseado por quién alguna vez me deseó. Creo que todo es consecuencia de mi desexualización, mejor dicho, de no preocuparme por tal cosa. Yo estoy casi convencido que muchas veces quiénes me cruzaban percibían mi libido enloquecida y eso los asustaba. Y sin embargo estos últimos días he estado dirigiéndome a lugares con propósitos sublimados: literarios, cognoscitivos, festivos, musicales, culinarios. Y he aquí que, mientras intento desarrollar y comprometerme con dichos propósitos llevándolos al acto, ellos demuestran encarnadamente su desvío, su no transformación de la libido, su dar riendas sueltas a la animalidad. Se muestran deseosos de mí. Y yo me recargo automáticamente de ganas, me teletransporto a mis edades puramente hormonales."

lunes, marzo 2

sin escalas

de los fríos a los cálidos,
del blog al escritorio,
de Catulo a Popper.


los cambios drásticos no son necesariamente interesantes.

martes, febrero 24

la lesbiana berlinesa

Me puse la peluca. Llovía a cántaros. Salí al pasillo, que estaba sorprendentemente oscuro. Las luces no funcionaban. Puteé. Creo que a Dios. Aunque suene estúpido, que las luces hayan estado cortadas puso mi noche en duda; por momentos, hasta estuve más cerca de volver a entrar a casa. Sin embargo, consideré lo que me había costado encontrar la peluca y empecé a caminar, a tientas, por el pasillo oscuro. Fue más difícil de lo que creía bajar los cuatro pisos. Algún vecino maligno del segundo había dejado, entre sus bolsas de basura, un colchón. Eso casi provocó mi ruedo por las escaleras. Haberlo evitado fue la prueba más certera de que mis dosis diarias de espirulina estaban surtiendo efectos: mi reflejo fue inmediato, mi agilidad para saltar al descanso notoria.

La calle parecía hostil. Había viento y no hacía el calor que a Diciembre le corresponde. Había llovido el día anterior y aún la vereda conservaba recuerdos. Las veredas de Bs.As. son particularmente rencorosas. Caminé una, dos, varias cuadras. Había poca gente, lo que evitó, afortunadamente, las caras de sorpresa que mi peluca solía despertar. Ahí reivindiqué el viento, el frío, el rencor de las veredas de Bs.As. Llegué a la puerta de tu edificio y toqué el timbre. Cuando me preguntaste quién era, te respondí yo. No dijiste nada más y, como esperaba, no bajaste a abrirme. Toqué timbre otra vez. Directamente no contestaste. Toqué timbre por tercera vez. Toqué timbre por cuarta vez. Empecé a enojarme. Toqué timbre por quinta vez. El crecimiento de mi enojo era directamente proporcional a la seguridad de que, finalmente, iba a entrar. Sea como fuere. Me senté a esperar en la puerta, esperando a que alguien de tu edificio la abriera. Estaba tan enceguecido que empecé a imaginarme hipotéticas situaciones de ingreso. Me imaginé golpeando a alguno de tus vecinos ante un posible rehúso a mi pedido. Después de unos minutos, ya más calmo, noté que con mi cabellera todo iba a ser más difícil. Me saqué la peluca y la puse en mi mochila. Toqué timbre por sexta vez. Por quinta vez no contestaste. Diez minutos después, llegó un adolescente y sacó las llaves para abrir la puerta.
- ¿Esperás a alguien? – me dijo, expidiendo junto con las palabras un olor ácido. Cerveza.
- Mi novia vive en el quinto C y no me quiere abrir la puerta.
- Pasá.

Ninguna de las situaciones hipotéticas que pensé había sido tan sencilla. Me dijo que él también iba al quinto, pero E. Subimos al mismo ascensor. Me dijo que volvía de una fiesta y me preguntó, después, por qué mi novia no quería abrirme la puerta.
- Cree que la voy a matar- le dije. Automáticamente abrió los ojos lo más grande que el alcohol le permitía. Se rió. Me agarraron fuertes deseos de besarlo. El ascensor frenó en el quinto y yo abrí apenas la puerta y la volví a cerrar. Toqué todos los botones. El noveno, el octavo, el primero, el tercero. El se volvió a reír. Lo besé. Él aceptó. Empezamos a besarnos salvajemente. Con una mano le agarraba la nuca y con la otra abría y cerraba la puerta del ascensor cada vez que frenaba en uno de los tantos destinos que le impuse.
- ¿Me ayudás a matarla? – le pregunté cuando estábamos en el tercero. Se rió fuerte.
- Esto es cualquier cosa. Bajemos y decidí si ir a lo de tu novia o a mi casa.

Toqué el cinco y cuando llegamos abrí las dos puertas. Lo hice pasar primero. Me miró con cara de qué vas a hacer. Entramos al E. No era tan adolescente: tenía veinte y vivía sólo. No era de Bs.As: estaba acá estudiando.
- Basta. Yo vine hasta acá a matarla a ella. Y no te rías – le dije, abriendo mi mochila y sacando la peluca. Colocándomela inmediatamente. Pocas veces logré ponérmela tan bien en tan poco tiempo. Se rió. Sentí ganas de agarrarlo del cuello con mis manos, de apretarlo fuerte, muy fuerte.
- Es genial esa peluca.
- Con esta peluca, me convierto en lesbiana para mi novia. En lesbiana berlinesa.
Esta vez no rió. Me miró con extrañeza.
- Mi novia es alemana. Es lesbiana. Sólo le gusto con esta peluca.

Me agarró de la mano y me propuso ir a su cuarto. No muy convencido me dejé llevar. Antes de abrir la puerta, me preguntó si me molestaba que Rachmaninov estuviera allí durmiendo. Sin preguntar quién era, le dije que no. Entramos. Cuando me percaté que no era otra cosa que un oso polar, comprendí que la libertad no existe y que cada uno de los hechos sucedidos esa noche –cada uno de los hechos, sin más- está absolutamente conspirado para que realicemos eso y sólo eso. No hay opción b. Eso, en mi caso, era matarla. Borsato, su tigre de bengala y lo único que podía impedir la realización de mi objetivo, tenía ya con qué entretenerse. Ella y yo, su lesbiana berlinesa, podríamos batirnos a duelo.
- Vos, directa o indirectamente, me vas a ayudar a matarla. Necesito que despiertes a Rachmaninov- le dije.
- No – replicó de inmediato.

Lo agarré de la cintura, lo alcé y lo arrojé en la cama. Después me tiré yo. Se puso boca abajo. Sin quitarle completamente la remera, saqué mi lengua y la revolqué por su espalda, intentando pegarla a su piel por trechos lo suficientemente largos para que la marca húmeda se note. El resto fue sexo convencional.

Cuando terminó de fumar su cigarrillo, me preguntó para qué necesitaba a Rachmaninov. Le expliqué. Me dijo que Rachmaninov era un oso polar de ciudad, de departamento, amansado, con sus instintos sumamente domados, con inhibiciones químicas desde cachorro; que no iba a pelear, que era igual llevarlo a él o a un conejo. Le contesté lo obvio: Borsato también es un tigre de bengala de ciudad, de departamento. Como tal, sólo reaccionaría si nota hostilidad a su dueño. Hostilidad a su dueña era todo lo que yo tenía para ofrecer esa noche. Rachmaninov me servía para distraerlo.

Mientras él sacaba al oso al pasillo, yo me convertía en berlinesa. Él tocó el timbre del c. Ella preguntó quién era y el le dijo quién era. Ella abrió. Rachmaninov entró primero, encaminándose directamente hacia donde estaba Borsato. Antes de que él entrara, yo salí y me acerqué a la puerta.
- Vos no entres – le exigí y de un manotazo lo empujé a mitad de pasillo. Ella intentó cerrar la puerta cuando me vio, pero no lo logró. En menos de lo que un oso polar encuentra a un tigre de bengala, mi lesbiana y yo, su lesbiana, estábamos cara a cara. Me convertí en doble paradoja: no sólo era hombre y lesbiana, sino también odio y deseo, asesinato y sexo. Le pegué con el puño cerrado. Ella gritó y me tiró un arañazo. La besé y luego la empujé. Saqué el cuchillo de la mochila y me acerqué a ella rápido. Ella no era paradoja: era miedo. Ahí fue cuando comprendí a quién, en realidad, quería matar. Me saqué la peluca y comencé a darle puñaladas. Cada uno de mis cabellos empezó a volar, a desparramarse por la habitación. Me di cuenta que necesitaba fuego. Que debía borrar todo rasgo de ella (de mi).
- Prendé el horno- grité. Ella obedeció. Creo que había entendido todo. Junté cada uno de los cabellos desparramados. Armé el rompecabezas, reconstruí como pude a mí, lesbiana berlinesa. Lloré. Caminé hasta la cocina y tiré la peluca al horno (me tiré). La lesbiana berlinesa murió a manos de la lesbiana berlinesa.

domingo, febrero 15

ese día no cuajaba-s

Hubo un momento de ese día que no cuajaba. Habiendo una sensación térmica de más de cuarenta grados, superando la humedad el noventa por ciento, corrías alrededor del parque sin expresar con tus gestos molestia alguna. Lo sorprendente era que ni si quiera transpirabas. Parecía como si una especie de microclima te rodeara y persiguiera hacia todo espacio que pisabas. Sin embargo, lo más extraño no fue eso: fue haberte podido ver desde mi casa, que está en Bogotá y Acoyte; distante doce cuadras exactas, cinco edificios trazando una diagonal, nueve minutos por el camino más corto. Yo podía sólo con echar un vistazo viajar en el tiempo y en el espacio. Demoler cinco edificios. Hubo un momento de ese día, definitivamente, que no cuajaba.
Mientras vos corrías y no transpirabas, yo sentado me empapaba. Podrán decir que algún tipo de esfuerzo implicaba el mirar tan profundo, que eso justificaba nuestras diferencias termo-estáticas. ¿Pero cómo explicar cuando apareciste en el balcón, buscaste esa toalla roja y la frotaste por mi cara, secándome? ¿Cómo explicar que estés y no estés corriendo y no transpirando y no corriendo y secándome en el mismo tiempo y sentido? Me enojó mucho tu actitud de superado, tu pretendido altruismo de venir, secarme y desaparecer una vez hecha la tarea, simulando que lo único que querías era quitar mi malestar por puro amor a ayudar al prójimo. No pude evitar atravesar –y esta vez la vista no bastó- esos doce cuadras-cinco edificios-nueve minutos para ponerme a correr al lado tuyo. Te propuse jugar una carrera: dos vueltas alrededor del parque. Te odié cuando la convertiste en carrera con obstáculos: dos vueltas al parque sin transpirar. Te tiré al piso con violencia y velocidad; con fuerza puse una de mis manos en tu pecho, inmovilizándote. Inmediatamente pasé todas mis partes mojadas por tu cuerpo. Tenía que vencer el microclima. Pero el agua que expedía no funcionaba: eras impermeable. Hubo un momento de ese día que no cuajaba.

jueves, febrero 12

el plan

La luna fue, en el prólogo de la noche, semi-perfecta. No había nubes y apenas corría aire, aunque esos escasos soplos de ardilla eran suficientes para que no exista el calor. Era justo el centro del verano. También el centro de Buenos Aires. No había techo que nos cobijara: esa casa, tenía terraza. Allí estábamos, deleitándonos con la luna, sin las nubes, con el aliento de ardilla, sin este ni oeste. Sorprendía la ausencia de estrellas en una noche tan celofán. Nadie captó el anuncio. Las nubes llegaron juntas y tarde, como todo a quién le gusta que su presencia se note. La luna empezó a cubrirse. Él llegó después. Yo miré en dirección a la luna y no sólo vi las capas de nimbos cubriéndola: también lo vi a Él, parado en paralelo a los astros. Decidí hacerle caso a la música y empecé a moverme, aunque debo confesar: la música me llevaba a otros lados y yo la desafié. La música y los astros, no se por qué extraña razón, se repelen. Sobre todo los días oscuros, las noches tormentosas. Esa noche comenzaba a ser tormentosa y yo violaba el compás de la música –algo que me reprocharías, si lo supieras-, a la que de niño prometí siempre respetar, dirigiéndome hacia la Luna y hacia Él, que estaba debajo. A escasos centímetros de distancia, a mínimos segundos del enlace si seguía esa dirección, pensé una estrategia: sólo debía rozarlo. Di vuelta mi cuerpo suavemente; la canción emitió su nota más aguda y la luna se cubrió por entero. Logré que mi remera blanca se roce con su camisa negra, al mismo tiempo que invertía la historia juntando melodía y astros en una noche prohibida. Me fui al otro extremo de la terraza. Él noto el roce. Me siguió. Me acerqué y le quité el vaso. Mientras probaba su contenido, lo miré a él. No me gustó; a decir verdad, no me gustó ignorar qué era exactamente lo que estaba tomando. Junté toda mi fuerza y arrojé el vaso fuera de la terraza. Corrí al extremo para ver como caía desde esos dos pisos de altura. Cuando llegué, ya era parte del piso. Él, otra vez, me siguió. Me reprochó mi acción; más que un reproche, en realidad, fue un pedido de explicación. Sin decir nada, le agarré la mano. Cayeron las primeras gotas. La gente, extrañamente, se preocupó y empezó a desarmar equipos. Eran escasísimas gotas y yo estaba seguro que no podían durar. Pero demorarme a explicarles mis intuiciones meteorológicas era desobedecer a mi plan; y puedo desobedecer a la historia y a las leyes causales, pero nunca a mi plan. Cuando llegamos a la puerta que nos permitía bajar de la terraza, él me cuestionó. Hizo fuerza, quitó mi mano de la suya. Ya no pidió: exigió explicaciones. Le di la espalda, entonces, agarré su brazo y me rodeé con él. Me puse lo suficientemente cerca para que su pantalón y el mío, opuestos como el cielo y la música esa noche, se tocaran. Entendió. Aceptó. Bajamos la escalera. Llegamos al descanso pero no nos detuvimos. Bajamos la siguiente escalera mucho más rápido. Ya en el pasillo, me detuve y observé las diferentes puertas. Abrí una y estuve completamente seguro de que ese no era el lugar adecuado. Caminé un poco más, abrí otra. El tigre de bengala que estaba sobre la cama nos negaba la posibilidad de utilizarla, por lo que tampoco entramos. La tercera opción la eligió él. Cuando puso su mano sobre el picaporte, quise impedírselo. “En el baño, no” dictaminaba mi principio nº 7. Sin embargo, yo sí violo mis principios –sólo respeto mis planes, creo haber dicho-. Ante mi negación, él actuó rápido: se acercó a mi cuerpo, ya no rozándome sino aplastándome. Entramos.

martes, febrero 10

el sello

garabatos dibujo
para escribirte
haciendo letras
la sensación


la sensación
no prolonga
tu desnudez
tu aliento


tu aliento
de tarde
no sabe
a eso


a eso
le temo:
tú, acción
mí, pasión


mi pasión
genéticamente inyectada
históricamente callada
sublimada racionalmente


sublimada racionalmente
haciendo letras
garabatos dibujo
la sensación


la sensación
me desvela
no ella
tú, desnudez


tu desnudez
sólo convoca
a mantener
la sensación

la sensación
nos dijeron
te serena
te completa


Pero no hay completitud posible, no hay serenidad, no hay éxito ni amor. Hay deseo y hay nosotros corriendo sedientos en la calle buscando desesperados una explicación, una racionalización de la pasión, de lo pasivo, de lo recibido, de lo que llega. Nosotros, que ante la invasión de pasiones que desde infantes nos perforan, sólo somos activos en la búsqueda y siempre, para siempre, pasivos en el hallazgo. No hay búsqueda exitosa, hay familia burguesa. Lo único exitoso es el choque violento y siempre efímero, necesariamente efímero, deliciosamente efímero, que el tatuaje de la muerte que llevamos nos enseñó y que tantos desean, deseamos obviar.

lunes, febrero 9

desorden

Los días se están sucediendo, como rezaba cierto blog de medianamente conocido literato argentino contemporáneo, en desorden. Hay algo de ello que me agrada y me estimula a dejarme llevar. Sin embargo, mi compulsión racionalizante -robo a Mel- y ordenadora me pide cierta disciplina. Y ahí se desata una lucha de pulsiones como la actual. Pulsiones, obviamente, en un sentido no técnico.

Tengo que estudiar para seguir sosteniendo mi carrera y tengo que ir al barrio chino a comprar los ingredientes para la cena que esta noche mamá me va a regalar -ya que esta noche se festeja en lo de mi familia-. A propósito, cumplí años. A propósito II, como la mayoría, vamos al barrio chino a comprar cosas para hacer una comida japonesa con la seguridad de encontrarlos -por experiencias pasadas-, asimilando (aquí es donde tendría que haber puesto "como la mayoría") a China con Japón (y Corea, claro). Nos justificamos asumiendo que si los accesorios allí están, ellos asumen dicha confusión: se dejan confundir. Lo que en realidad es una interpretación medianamente sublimada del objetivo real de todo chino que vive en Argentina -de todo chino que vive-: lucrar, a costa de perder la identidad. Ahora que pienso, dónde dice "de todo chino que vive" debería decir "de todo lo viviente". Y ahora que sigo pensando, noto que lo humano no es todo lo viviente y, por lo tanto, la frase correcta sería "de todo humano que vive".

Sea como fuere, mis días se empujan en desorden (esa es la frase exacta del blog antes nombrado). "Odio los líquidos" fue la frase con que le respondí a Telma cuando me alcanzó un vaso de agua con el fin de hidratarme ante mi calamitoso estado de fin de sábado. Y sacudí el vaso al piso. No podía tomar si quiera agua. Sólo podía recibir agua desde arriba: la ducha no paraba de arrojarla. Algunos decían que no tenía que ser caliente porque me iba a deshidratar, siendo que lo único que estaba deshidratado era mi maldito cerebro. Desde los 15 años no tenía una experiencia tal. Todo esto tiene un nombre: regresión. Un nombre en negrita: más regresivo aún es relatarlo.

Ayer el cuerpo no respondía y por eso no fui a la jam de funk a la que me invitaron. Sin embargo, sí fuimos a cenar. Estaban mis amigos de ER y había que sacarlos. Era graciosa por momentos la incompatibilidad entre algunos de los sentados en esa mesa. Eso despertaba mi atención y me incitaba a provocar momentos de cruces, de llevar las conversaciones a lugares que expliciten esa incompatibilidad. Cada tanto, lo lograba. Sin embargo, después me aburrió y me pareció un tanto sádico. Por lo que me sumé a las charlas convencionales que no llevan a toscas. Y estuvo bien. Volviendo al metalenguaje: es "tosca" una palabra que signifique pelea? por qué fue la que me vino a la mente? no habré querido decir "rosca"? "rosca" significa eso también?

Ultimamente no puedo superar la fase del sexo oral. Y esto tiene que ver con el alcohol. Creo que, igual, también estoy teniendo miedo. Y eso es algo que trato de explicarme con mi analista que, por cierto, se fue de viaje hasta marzo. Animarme a volver a utilizar la palabra "miedo" entre mis posibles estados psíquicos me llevó a leer dos cosas al respecto que escribí en algún momento. Una poesía algo sombría y bastante vulgar que, a pesar de ello, voy a poner exactamente ahora:


hacia adelante, llanura
pampa desconsolante
infinita
desierto


de frente vos
yo
el deseo
y el miedo



se desata una batalla épica
estiro la mano
me esfuerzo
te tengo a tan poco
que no te alcanzo
a caballo

los jinetes tienen miedo
y los kilómetros nada miden



el miedo es la única distancia
y lo demás,
humo.



Fue escrito bajo los efectos de una consigna de un taller que hice hace muchísimo -de adolescente- y ahora sigo, cada tanto, a través de un blog. Esta decía: "describir en poema corto de verso libre el significado de la palabra distancia".

Lo otro no era un poema, sino un cuento. Este sí no lo voy a publicar, porque fue escrito bajo los efectos de la tristeza y el desamor: estados que hace bastante decidí sean exclusivamente privados. Aparte, no hablaba de mi miedo; hablaba del miedo de Él.


Es hora de agarrar mi bici y marcharme de acá.

domingo, febrero 8

anoche

mi torrente sanguíneo
intenta avanzar entre
alcoholes
roles
promiscuidad.

mis tejidos se vencen
dejando caer gotas
que observo
analizo su composición
por momentos
veo pequeñas celdas blancas
entre tanto rojo
y pienso que, más allá de mi inminente o no muerte,
la biología es una ciencia para aprender en inyecciones

la ciencia que no aprendimos fue la de la calle
ninguno de los dos pudo
por inducción
abstraer la máxima primera del exceso:
siempre hay revancha

tu fuego
te impedía ver la flor negra de mi boxer
mi inhibición
conocer las bondades de tu saliva
nuestros torrentes afectados no notaban
que podíamos tener futuro
vos y yo
aceptamos cómplices que así fuera.

viernes, enero 23

desear

Mi escasa disciplina se hizo notoria en esta desaparición exagerada, luego de mi manifiesto inicial y mis elegantes intenciones de escribir y nada más.

Nada de explicaciones: verano.

Una reflexión -sin pretenciones de novedad- sobre la semántica del deseo y las formas de legislarlo en plena peatonal costense, de madrugada: ¿por qué sólo un dato extra, que no modificaba en nada la situación visual que te estaba estimulando y el juego al que estabas accediendo, hace que cambies tus "elogiosas" adulaciones por insultos desmedidos?
Esa pregunta va dirigida a ese grupo de adolescentes hormonales con quienes tuvimos el (dis)placer de caminar a la par unas cuatro cuadras. Ellos venían persiguiendo a un grupo de tres personas: dos chicas y un chico. Había un director de orquesta que inventaba cantitos, los dictaba en voz alta y ante una orden tácita hacía que el resto los tarareara en una armonía pre-establecida y siempre igual. Entre canto y canto, gritos desmesurados. Calentura. Pedían que una de las chicas de adelante, que había accedido a su juego antes de que nosotros comencemos a presenciar la situación, se levantara la pollera y les mostrara su virtuoso culo*. Alta fue nuestra sorpresa cuando notamos que, de tanto en tanto, ella accedía al petitorio y con sus manos subía su diminuto retazo de jean y dejaba verse. Usaba tanga. En esos breves instantes, los infantes se olvidaban de canciones y frases hechas y sólo podían gritar y gemir, saltar, correr. Perros en celo. Alguno que otro se retobaba con el chico que las acompañaba y le gritaban "Puto, como podés ser tan puto con eso al lado..." y cosas similares. Australopitecus. Sin embargo, hubo un momento en que los caminantes de adelante y los de atrás se acercaron demasiado -la fiesta era incipiente-, por lo que la jugadora se dio vuelta y arrojó el as de espadas: "¿Están calientes chicos?". En esa primer frase, algunos notaron un desfasaje entre la voz que imaginaban y la que efectivamente fue. Cuando ella volvió a repetir la frase, ya todos fueron conscientes de que era un travesti. Fin de fiesta. Los adolescentes comenzaron a hacer gestos de arcadas y boludeces por el estilo. Nunca les creí. Querían que todos los testigos -ellos mismos inclusive- sepan que su heterosexualidad no se veía cuestionada; que eran bien machos, que pensaban que era una mujer hecha y derecha y que en el mismo instante en que descubrieron que no era el caso, ese ardiente deseo se convirtió en asco: ese culo que tanto los excitó pasó a ser objeto de rechazo. Hubo un par más sensato que siguió persiguiéndolas. La mayoría, dobló en la misma cuadra que doblamos nosotros -la siguiente- y no paró de decir frases reivindicatorias de su masculinidad, cómo si esta fuera puesta en duda por un culo más, un culo menos. Yo, a pesar de todo, me acosté convencido de que esa noche más de uno de ellos se habrá masturbado recordando ese trayecto.



*pensé casi dos minutos qué palabra usar. Inclusive, en el despliegue espontáneo de la prosa puse "virtuosa musculatura", pensando completar la descripción definida con un adjetivo femenino o, en su defecto, sacar "musculatura" y poner un sustantivo del mismo género. Me tomé el trabajo de buscar en un diccionario sinónimos de "cola" y "culo". Sin embargo, ante la deplorable lista [que en el caso de culo, incluye trasero, pandero, pompis, posaderas, nalgas, cachas, ano, ojete y en el de cola, otras tantas] me vi forzado a dejar la forma más vulgar de llamarlo/a, a correr el riesgo de convertirlo en un relato de español neutro, en subtítulo de película mal traducida, discurso de practicante de sexo virtual en madrugada o episodio de "Mi pequeña Lulú" (pompis?).