Descreo del amor. No puedo volver a hablar su discurso. No quiero. El amor, a mí, me destrozó -como a todos-. Yo quise aprender y adopté esta postura: espectar. Puedo ver el discurso amoroso en otras voces; lo advierto, lo clasifico, finalmente me burlo. Pero no tiene cabida en lo que yo digo. Sin embargo, quiero lazos más intensos. Quiero construir con alguien o alguienes, por qué no, un imaginario simbólico que me exceda, al que no pueda acercarme en mi individualidad, al que el sentido se lo otorgue el sostenimiento colectivo, su carácter compartido. En definitiva, quizás, lo que extraño es aquello que formaba con mi grupo de amigos: una función clara en un lugar, un pasado en común, una comunidad.
SUFRIMIENTO. ¿Por qué sufro? ¿qué cosas sufro? No sé si sufro, la verdad es que soy bastante moderado. Hace poco sufrí por la humanidad, en uno de mis últimos gestos propiamente humanos: mamá me contaba las mierdas de mi tío, muestras pornográficas de la legalidad intrínseca a este sistema en particular; al hombre, quizás, en general: lo único que importa es
poseer. Voluntad de acumulación. Ese día lloré, sentí que todo eso me avasallaba. A su vez me pregunté en qué medida soy diferente y por qué no, en qué medida
puedo ser diferente ("si se puede ser diferente"). Yo creo que conservo algo de pureza pre-capitalista, por más ingenuo que suene. También creo que si hay una razón que justifique
ilustrarse -estudiar- es esa: investigar modos de escape a la lógica del dominio. Entender estructuras de funcionamiento para ver de qué modo se puede boicotearlas.
Hoy pensaba -hace más tiempo, en realidad- en mi inevitable -a pesar de todo lo que vine diciendo-
nihilismo. Estoy transido por la nada. Se lo relaté a S y a D: el primero lo definió como
adolescencia tardía, y se identificó; el segundo, mucho menos sutil, relató su propia neurosis, indiferente a la mía. Mi vida, les dije, es una película de cine independiente yanki: noches de intoxicación extrema, movimiento del cuerpo, contactos efímeros con otros, aturdimiento, adrenalina, fugacidad. La lectura entre líneas:
nada. No hay sentido, llenalo con alcohol. No hay sentido, saltá, bailá, gritá. No hays entido, quedate hasta el final de la fiesta, a pesar de que no haya fuertes razones: ¿qué fuertes razones hay para irse?
Que no haya sentido no es esencialmente malo: es lo
real. El problema es contactarse tan desnudamente con lo real. Casi que estoy en estado de naturaleza: como todo se funda en la
nada, y yo no puedo olvidarlo, aferrarme fuertemente a algo siempre termina resultándome, sino ridículo, insensato. Entonces, distancia: de la política, de la familia, del sexo, del fanatismo, la devoción, en definitiva, de la pasión.
No termino de saber cuál es el verdadero problema porque:
a) si todo se asienta en nada, yo puedo inventar lo que sea -el
sentido
que sea- y dedicar mi vida a mejorar las herramientas para sostenerlo, sofisticar al máximo el sostén de ese sentido -y el sentido mismo- que sea cual fuere, no podrá ser completamente deslegitimidado porque, insisto, cualquier intento en ese rumbo es otro baño estético de la nada.
Entonces, ¿por qué no hacerlo? ¿por qué preferir transitar la nada desnuda, por qué hacer conciente la nada inconciente constantemente, por qué utilizar ese mecanismo como método de defensa, en definitiva, contra aquellos que están absolutamente convencidos de algo y por ello militan? ¿Qué goce morboso vivencio en desmontar lo construido, por más pésimo que esté, y entregarme a lo real en su propia condición?
b) si decido no aferrarme a algo por su constitución perecedera, entonces tomo eso como valor negativo. Es decir: asumo una dissconformidad con lo
real mismo, ya que me paro y digo: "No, ¿para qué esto si esto no puede permanecer, si esto se va a acabar?". Contrafácticamente: si esto no fuera así -efímero-, yo sería de otro modo -comprometido-. Valorar negativamente lo efímero no es otra cosa que
ideología burguesa, en definitiva: sólo arriesgarse por lo duradero -material-, sólo luchar por poseer. De hecho, todo lo que critico es esa pretensión, tan común por cierto, de pretender convertir todo lo humano en algo perpetuo: se me ocurre ahora ejemplificar con el amor. Que dure toda la vida, "hasta que la muerte nos separe". La cantidad de artimañanas para sostener eso: el matrimonio, la ley civil. Siempre subyace el mismo principio: poseer. Como sólo pueden poseerse los objetos, convirtamos el amor en uno, sellemosló en un documento, quedémonos tranquilos porque es
nuestro. Entonces, algo esencialmente efímero -recordemos que esto es
todo en el ámbito de los
sentidos- se convierte en un problema por no ser susceptible de posesión. ¿Qué hacemos? Lo materizalizamos, lo hacemos objeto y lo sumamos a nuestro patrimonio.
Pero entonces, si eso es lo que critico, ¿qué me aleja de la entrega a ciertos sentidos que a veces me resultan tentadores? Quizás sea el miedo a olvidarme de su perennidad, de convencerme de su entidad metafísica y con ello, terminar creando artimañas en su defensa -por miedo a su desaparición, su inevitable destino-, lo que sólo engendra neurosis, y a veces, muerte.