La luna fue, en el prólogo de la noche, semi-perfecta. No había nubes y apenas corría aire, aunque esos escasos soplos de ardilla eran suficientes para que no exista el calor. Era justo el centro del verano. También el centro de Buenos Aires. No había techo que nos cobijara: esa casa, tenía terraza. Allí estábamos, deleitándonos con la luna, sin las nubes, con el aliento de ardilla, sin este ni oeste. Sorprendía la ausencia de estrellas en una noche tan celofán. Nadie captó el anuncio. Las nubes llegaron juntas y tarde, como todo a quién le gusta que su presencia se note. La luna empezó a cubrirse. Él llegó después. Yo miré en dirección a la luna y no sólo vi las capas de nimbos cubriéndola: también lo vi a Él, parado en paralelo a los astros. Decidí hacerle caso a la música y empecé a moverme, aunque debo confesar: la música me llevaba a otros lados y yo la desafié. La música y los astros, no se por qué extraña razón, se repelen. Sobre todo los días oscuros, las noches tormentosas. Esa noche comenzaba a ser tormentosa y yo violaba el compás de la música –algo que me reprocharías, si lo supieras-, a la que de niño prometí siempre respetar, dirigiéndome hacia la Luna y hacia Él, que estaba debajo. A escasos centímetros de distancia, a mínimos segundos del enlace si seguía esa dirección, pensé una estrategia: sólo debía rozarlo. Di vuelta mi cuerpo suavemente; la canción emitió su nota más aguda y la luna se cubrió por entero. Logré que mi remera blanca se roce con su camisa negra, al mismo tiempo que invertía la historia juntando melodía y astros en una noche prohibida. Me fui al otro extremo de la terraza. Él noto el roce. Me siguió. Me acerqué y le quité el vaso. Mientras probaba su contenido, lo miré a él. No me gustó; a decir verdad, no me gustó ignorar qué era exactamente lo que estaba tomando. Junté toda mi fuerza y arrojé el vaso fuera de la terraza. Corrí al extremo para ver como caía desde esos dos pisos de altura. Cuando llegué, ya era parte del piso. Él, otra vez, me siguió. Me reprochó mi acción; más que un reproche, en realidad, fue un pedido de explicación. Sin decir nada, le agarré la mano. Cayeron las primeras gotas. La gente, extrañamente, se preocupó y empezó a desarmar equipos. Eran escasísimas gotas y yo estaba seguro que no podían durar. Pero demorarme a explicarles mis intuiciones meteorológicas era desobedecer a mi plan; y puedo desobedecer a la historia y a las leyes causales, pero nunca a mi plan. Cuando llegamos a la puerta que nos permitía bajar de la terraza, él me cuestionó. Hizo fuerza, quitó mi mano de la suya. Ya no pidió: exigió explicaciones. Le di la espalda, entonces, agarré su brazo y me rodeé con él. Me puse lo suficientemente cerca para que su pantalón y el mío, opuestos como el cielo y la música esa noche, se tocaran. Entendió. Aceptó. Bajamos la escalera. Llegamos al descanso pero no nos detuvimos. Bajamos la siguiente escalera mucho más rápido. Ya en el pasillo, me detuve y observé las diferentes puertas. Abrí una y estuve completamente seguro de que ese no era el lugar adecuado. Caminé un poco más, abrí otra. El tigre de bengala que estaba sobre la cama nos negaba la posibilidad de utilizarla, por lo que tampoco entramos. La tercera opción la eligió él. Cuando puso su mano sobre el picaporte, quise impedírselo. “En el baño, no” dictaminaba mi principio nº 7. Sin embargo, yo sí violo mis principios –sólo respeto mis planes, creo haber dicho-. Ante mi negación, él actuó rápido: se acercó a mi cuerpo, ya no rozándome sino aplastándome. Entramos.
2 comentarios:
Esta muy bonita la foto de tu perfil, que estavas viendo?
el dondo aun mejor, el cielo.
Bonito dia :)
Estas muy lindo.
Buenísimo. Despues capaz haga un comentario más interesante, pero esta muy bueno.
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