martes, febrero 24

la lesbiana berlinesa

Me puse la peluca. Llovía a cántaros. Salí al pasillo, que estaba sorprendentemente oscuro. Las luces no funcionaban. Puteé. Creo que a Dios. Aunque suene estúpido, que las luces hayan estado cortadas puso mi noche en duda; por momentos, hasta estuve más cerca de volver a entrar a casa. Sin embargo, consideré lo que me había costado encontrar la peluca y empecé a caminar, a tientas, por el pasillo oscuro. Fue más difícil de lo que creía bajar los cuatro pisos. Algún vecino maligno del segundo había dejado, entre sus bolsas de basura, un colchón. Eso casi provocó mi ruedo por las escaleras. Haberlo evitado fue la prueba más certera de que mis dosis diarias de espirulina estaban surtiendo efectos: mi reflejo fue inmediato, mi agilidad para saltar al descanso notoria.

La calle parecía hostil. Había viento y no hacía el calor que a Diciembre le corresponde. Había llovido el día anterior y aún la vereda conservaba recuerdos. Las veredas de Bs.As. son particularmente rencorosas. Caminé una, dos, varias cuadras. Había poca gente, lo que evitó, afortunadamente, las caras de sorpresa que mi peluca solía despertar. Ahí reivindiqué el viento, el frío, el rencor de las veredas de Bs.As. Llegué a la puerta de tu edificio y toqué el timbre. Cuando me preguntaste quién era, te respondí yo. No dijiste nada más y, como esperaba, no bajaste a abrirme. Toqué timbre otra vez. Directamente no contestaste. Toqué timbre por tercera vez. Toqué timbre por cuarta vez. Empecé a enojarme. Toqué timbre por quinta vez. El crecimiento de mi enojo era directamente proporcional a la seguridad de que, finalmente, iba a entrar. Sea como fuere. Me senté a esperar en la puerta, esperando a que alguien de tu edificio la abriera. Estaba tan enceguecido que empecé a imaginarme hipotéticas situaciones de ingreso. Me imaginé golpeando a alguno de tus vecinos ante un posible rehúso a mi pedido. Después de unos minutos, ya más calmo, noté que con mi cabellera todo iba a ser más difícil. Me saqué la peluca y la puse en mi mochila. Toqué timbre por sexta vez. Por quinta vez no contestaste. Diez minutos después, llegó un adolescente y sacó las llaves para abrir la puerta.
- ¿Esperás a alguien? – me dijo, expidiendo junto con las palabras un olor ácido. Cerveza.
- Mi novia vive en el quinto C y no me quiere abrir la puerta.
- Pasá.

Ninguna de las situaciones hipotéticas que pensé había sido tan sencilla. Me dijo que él también iba al quinto, pero E. Subimos al mismo ascensor. Me dijo que volvía de una fiesta y me preguntó, después, por qué mi novia no quería abrirme la puerta.
- Cree que la voy a matar- le dije. Automáticamente abrió los ojos lo más grande que el alcohol le permitía. Se rió. Me agarraron fuertes deseos de besarlo. El ascensor frenó en el quinto y yo abrí apenas la puerta y la volví a cerrar. Toqué todos los botones. El noveno, el octavo, el primero, el tercero. El se volvió a reír. Lo besé. Él aceptó. Empezamos a besarnos salvajemente. Con una mano le agarraba la nuca y con la otra abría y cerraba la puerta del ascensor cada vez que frenaba en uno de los tantos destinos que le impuse.
- ¿Me ayudás a matarla? – le pregunté cuando estábamos en el tercero. Se rió fuerte.
- Esto es cualquier cosa. Bajemos y decidí si ir a lo de tu novia o a mi casa.

Toqué el cinco y cuando llegamos abrí las dos puertas. Lo hice pasar primero. Me miró con cara de qué vas a hacer. Entramos al E. No era tan adolescente: tenía veinte y vivía sólo. No era de Bs.As: estaba acá estudiando.
- Basta. Yo vine hasta acá a matarla a ella. Y no te rías – le dije, abriendo mi mochila y sacando la peluca. Colocándomela inmediatamente. Pocas veces logré ponérmela tan bien en tan poco tiempo. Se rió. Sentí ganas de agarrarlo del cuello con mis manos, de apretarlo fuerte, muy fuerte.
- Es genial esa peluca.
- Con esta peluca, me convierto en lesbiana para mi novia. En lesbiana berlinesa.
Esta vez no rió. Me miró con extrañeza.
- Mi novia es alemana. Es lesbiana. Sólo le gusto con esta peluca.

Me agarró de la mano y me propuso ir a su cuarto. No muy convencido me dejé llevar. Antes de abrir la puerta, me preguntó si me molestaba que Rachmaninov estuviera allí durmiendo. Sin preguntar quién era, le dije que no. Entramos. Cuando me percaté que no era otra cosa que un oso polar, comprendí que la libertad no existe y que cada uno de los hechos sucedidos esa noche –cada uno de los hechos, sin más- está absolutamente conspirado para que realicemos eso y sólo eso. No hay opción b. Eso, en mi caso, era matarla. Borsato, su tigre de bengala y lo único que podía impedir la realización de mi objetivo, tenía ya con qué entretenerse. Ella y yo, su lesbiana berlinesa, podríamos batirnos a duelo.
- Vos, directa o indirectamente, me vas a ayudar a matarla. Necesito que despiertes a Rachmaninov- le dije.
- No – replicó de inmediato.

Lo agarré de la cintura, lo alcé y lo arrojé en la cama. Después me tiré yo. Se puso boca abajo. Sin quitarle completamente la remera, saqué mi lengua y la revolqué por su espalda, intentando pegarla a su piel por trechos lo suficientemente largos para que la marca húmeda se note. El resto fue sexo convencional.

Cuando terminó de fumar su cigarrillo, me preguntó para qué necesitaba a Rachmaninov. Le expliqué. Me dijo que Rachmaninov era un oso polar de ciudad, de departamento, amansado, con sus instintos sumamente domados, con inhibiciones químicas desde cachorro; que no iba a pelear, que era igual llevarlo a él o a un conejo. Le contesté lo obvio: Borsato también es un tigre de bengala de ciudad, de departamento. Como tal, sólo reaccionaría si nota hostilidad a su dueño. Hostilidad a su dueña era todo lo que yo tenía para ofrecer esa noche. Rachmaninov me servía para distraerlo.

Mientras él sacaba al oso al pasillo, yo me convertía en berlinesa. Él tocó el timbre del c. Ella preguntó quién era y el le dijo quién era. Ella abrió. Rachmaninov entró primero, encaminándose directamente hacia donde estaba Borsato. Antes de que él entrara, yo salí y me acerqué a la puerta.
- Vos no entres – le exigí y de un manotazo lo empujé a mitad de pasillo. Ella intentó cerrar la puerta cuando me vio, pero no lo logró. En menos de lo que un oso polar encuentra a un tigre de bengala, mi lesbiana y yo, su lesbiana, estábamos cara a cara. Me convertí en doble paradoja: no sólo era hombre y lesbiana, sino también odio y deseo, asesinato y sexo. Le pegué con el puño cerrado. Ella gritó y me tiró un arañazo. La besé y luego la empujé. Saqué el cuchillo de la mochila y me acerqué a ella rápido. Ella no era paradoja: era miedo. Ahí fue cuando comprendí a quién, en realidad, quería matar. Me saqué la peluca y comencé a darle puñaladas. Cada uno de mis cabellos empezó a volar, a desparramarse por la habitación. Me di cuenta que necesitaba fuego. Que debía borrar todo rasgo de ella (de mi).
- Prendé el horno- grité. Ella obedeció. Creo que había entendido todo. Junté cada uno de los cabellos desparramados. Armé el rompecabezas, reconstruí como pude a mí, lesbiana berlinesa. Lloré. Caminé hasta la cocina y tiré la peluca al horno (me tiré). La lesbiana berlinesa murió a manos de la lesbiana berlinesa.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Algunos pasajes son realmente encantadores.

Anónimo dijo...

I am your biggest fan.

-> dijo...

no sé che, pero este sigue siendo mi preferido...

y debería tener fotos
HE DICHO